Wednesday, February 4, 2015

UNA BUENA NOTICIA INMERSA EN LA REALIDAD


       José Manuel Gómez González

    El pasado 30 de diciembre de 2014, el evangelista Lucas nos presentó a Ana (Lc 2,36-40)1, humilde mujer que nos acompaña a dar gracias a Dios y nos invita a hablar de Jesús niño a todos aquellos que aguardan vivir en libertad. Animado por el testimonio de la abuela Ana, deseo compartir con usted lo que significó para mí la cuarta experiencia de misión como novicio jesuita.

Durante los días de adviento, recorrí las diferentes comunidades que integran La Ceiba (Sirirí, Tubo Rojo, Cinta Blanca, Valle Verde, Campo Alegre, entre otras). Extenso y fértil territorio entre llanura y piedemonte al norte del distrito Alto Apure, frontera de Venezuela con Colombia. En compañía de otros compañeros misioneros, a quienes agradezco por su ánimo y disposición, recorrimos largos caminos por La Ceiba para encontrarnos y compartir con numerosas familias aquella tradición que año tras año se revive como preparativo para recibir la noche buena, las “Misas de Aguinaldo” y la novena al Niño Jesús.


Contrariamente a la práctica del consumismo que cada vez gana más terreno en las fiestas decembrinas, el pueblo, tanto en campos como en las grandes ciudades, continúa encontrándose con la abuela Ana en torno a la iglesia para agradecer a Dios por un año más y para recibir a Jesús –esperanza y salvación–.

En La Ceiba, allí, insertos en la fértil naturaleza que se impone, la fe sigue moviendo a muchas familias a celebrar la vida, las mueve a participar en las “Misas de Aguinaldo” y en las Novenas al Niño. Estas personas, en oposición a las dinámicas de frontera que menoscaban la convivencia y el sano desarrollo comunitario, nos siguen invitando hoy, con su testimonio, a considerar los valores de la familia: el trabajo, la comunicación, el compartir, la humildad, la solidaridad, el respeto, el cariño, la corresponsabilidad y el amor como cualidades esenciales que moldean las relaciones que considero sanas entre quienes comparten una vida, un trato tranquilo y alegre a pesar de las adversidades que los rodean.

Familias que se esmeran por preparar un buen almuerzo o una sabrosa merienda para compartir con todas las personas que asisten a la Novena o a la Celebración de la Palabra; una comunidad que se organiza para limpiar y decorar los espacios en donde se celebra la fiesta; casas con las puertas abiertas para recibir a todos los invitados que vienen desde lejos; niños que, alegremente, practican las canciones para acompañar las misas; hombres y mujeres que caminan largas distancias, incluso una, dos o más horas, para llegar al lugar de encuentro y mantener viva una tradición que nos libera y nos llena de esperanza. Aquí, en cada una de estas acciones, vemos los valores que cultivan las familias que se comprometen con la verdad que nos reveló Jesús.

Hoy lo invito a que nos adentremos en la realidad de otros, para que allí, en medio de su esfuerzo diario, podamos ver al Dios que se hace niño2 para salvarnos. Me atrevo a recordar a Benjamín Glz. Buelta, en quien encuentro escritos que expresamente hacen ésta misma invitación de “bajar a los infiernos humanos”, y allí “descubrir a Dios presente y activo en donde aparentemente no puede estar y su ausencia parece más clamorosa”. En los campos del Alto Apure, en cualquier frontera, en los barrios de Venezuela e inmersos en la realidad Latinoamérica, Ana nos seguirá acompañando en este eterno camino de agradecimiento a Dios y de anuncio de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret.




Para mí, Ana nos recuerda a todas las abuelas que nos han presentado y nos han acercado a Jesús de Nazaret. (Lc 2,36-40) “En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”.
2 Leonardo Boff: “Para los cristianos es la celebración de la “proximidad y de la humanidad” de nuestro Dios, como se dice en la epístola a Tito (3,4). Dios se dejó apasionar tanto por el ser humano que quiso ser uno de ellos. Como dice bellamente Fernando Pessoa en su poema sobre la Navidad: «Él es el eterno Niño, el Dios que faltaba; el divino que sonríe y que juega; el niño tan humano que es divino». Ahora tenemos un Dios niño y no un Dios juez severo de nuestros actos y de la historia humana. Qué alegría interior sentimos cuando pensamos que seremos juzgados por un Dios niño. Más que condenarnos, quiere convivir y entretenerse con nosotros eternamente. 2013-12-24. Koinonía.

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